28 Octubre 2007
-Lo mataste. Te vieron.
-Pasaron un chiquillos para el pueblo y se detuvieron un rato a ver la pelea.
-Ellos fueron de chismosos. Toda la gente se alborotó. Anoche parecía noche de fiesta.
La luna ascendió por el cielo, por encima de los árboles de mango y su luz fría se coló por entre las ramas, y de esa manera se podía ver a la gente corriendo por los callejones polvorientos, dando la noticia del asesinato de Joaquín a manos de Ezequiel, la noticia a pesar de ser espantosa auguraba fiesta, café, pan, juegos en el patio de la casa del muerto, que era grande, los robavacas vivían más cómodamente que el resto del pueblo y cuando morían los deudos inivitaban a todo el mundo.
-Me tengo de ir. No quiero saber nada de la justicia. La cárcel debe ser peor que la muerte.
-Ahorita ni tiempo han tenido de denunciarte, están muy ocupadas sus hermanas preparando el velorio. Además la justicia soy yo.
-Pero contigo no van a venir, saben que eres mi padrastro.
-Por eso yo te voy a acompañar a la estación, para que te vayas en el tren nocturno, sin ningun problema.
-Si, buscaré a mi padre, en J.
-Ahi me cuentas como te trata.
-¿Y mi mujer y mi hijo?
-Que te alcancen más tarde. Por ellos no te preocupes, están con tu mamá.
-Ya no le hice la fiesta de cumpleaños al niño.
-Ya no.
Jamás volvió a intentar hacerle una fiesta a su hijo, en los años que vinieron después, nacieron cuatro hermanos del primogénito, pero este creció lejos, al cuidado de una vieja silenciosa que permanecía mucho tiempo mirándose las manos como si leyera en un libro abierto las mismas páginas de siempre, esas que relatabn los infortunios de una mujer niña violada por su abuelo cuando tenía trece años, de cuyo brutal ayuntamiento nació su padre, del que jamás recibió noticias que no fueran las de su crimen y huida y asentamiento en un pueblo cercano a la costa.
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19 Agosto 2007

1. En los innumerables cambios de residencia, a los que lo empujaron la muerte de su madre y la pérdida de su empleo, siempre ha cargado con varias decenas de abultados cartapacios escolares en los que guarda poemas y notas de la más diversa índole de los cuales afirma que no es el autor.
2. Escribe desde su adolescencia, quizás desde que descubrió que esa actividad le servía de biombo, tras del cual podía escuchar la charla de los mayores o sus discusiones sin ser amonestado.
3. Ahora su vida está en picada como sus dientes que, al reír desinhibida y francamente, parecen teclas de un piano en ruinas.
4. Sus pertenencias son unos bolígrafos de punto fino con los que escribe asediado repentinamente en la madrugada por la inspiración que no conoce de horarios ni de cortesías, se levanta y se dirige a su escritorio donde la musa le dicta breves poemas de amor.
5. Sin embargo, no es más que el eco de una orden dictada hace tiempo por su madre, que sigue rebotando por esas paredes empapeladas tan tristemente como cuando ella vivía. Escríbeme un poema, le decía su madre en la penumbra del salón, alguna tarde lluviosa cuando recordaba con nostagia mejores épocas, después se quedaron sólos, es decir, el padre los había abandonado.
6. El señor Laplace escribe versos de amor inspirados por un ser inexistente a quien continúa queriendo profundamente y en vista de no habérselo expresado
lo suficiente en vida, intenta hacerlo ahora por medio del papel y la pluma, con la secreta esperanza de ser leído por el espíritu que está seguro aun anda rondando por las habitaciones, cuidando que no le pase nada malo a su hijo adorado. Esta es una de las tantas teorías del señor Laplace que, precisamente por haberla concebido desde que quedo huérfano, le impidió casarse.
7. Por lo tanto el señor Laplace no tiene hijos y en consecuencia es un hombre que vive completamente sólo. No tiene luz eléctrica y solo ocupa una de las ocho habitaciones de su casa. Dice que tiene familiares y amigos pero no me atrevo a comprobarlo.
8. Esto no quiere decir que sea un hombre afectado de sus facultades mentales, si acaso pudiera calificarsele de excéntrico. Desde niño vive atemorizado ante la idea de que el planeta tierra , en su viaje por el universo, vaya a caer en uno de los temibles hoyos negros que infestan el espacio estelar.
9. Como está sumamente ocupado con sus clases de inglés a domicilio, me lleva los poemas que ha escrito en la semana y yo me ocupo de revisar una y otra vez los centenares de carpetas conteniendo los poemas que ha producido a lo largo de cuarenta años, intentando realizar una clasificación por temas.
10. Ha llegado a sorprenderse de su fecundidad y le ha dado por pensar que el autor es una persona ajena a él. A veces piensa que está empantanado en la idea absurda de editar la obra de otro. El no pudo haber escrito tanto. El no es poeta, ni novelista y, sin embargo, el material que tiene reunido es suficiente para veinte libros o más. Y lo que más lo perturba es darse cuenta de que el autor se llama como él, firma como él, pero él está seguro de no haber escrito nada.
11. Cualquiera que lo viese conducir por las calles correctamente vestido, quedaría sin lugar a dudas convencido de que es un maestro de inglés. Está plenamente convencido de que su trabajo reviste suma importancia, tanta que lo otro debe ser un sueño.
12. Mientras tanto, yo trabajo para un escritor que se llama señor Laplace. Ordeno por fechas o por temas centenares de poemas, y fragmentos de un diario sin fechas en el que encontré incertidumbre, sombras, un peso aplastante pero invisible, banalidad, vagas intenciones de volver tangible el naufragio de una vida gris.
13. En sus notas hay odio y desprecio hacia sí mismo, siente que la muerte lo acecha desde que se sometió a un par de operaciones quirúrgicas, todos los días experimenta el terror de vivir entre fantasmas de familiares y amigos muertos.
14. A medida que inspecciono minuciosamente los manuscritos del señor Laplace descubro que no se parece a nada que hayan producido los grandes maestros de la literatura universal, se parecen más a los lamentos de un fantasma que se ha posesionado del cuerpo y del alma del señor Laplace, con el unico fin de dictarle esos poemas desde el más allá.
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15 Julio 2007


A las cuatro de la mañana desperté con ganas de orinar y salí de la recamara para no regresar hasta la noche siguiente. Tomé mi cobertor sin hacer más ruido que el que hace una hoja cayendo del árbol y me fui al salón donde me esperaba la novela que había comprado en la tarde. Una bella edición con una mujer en la portada, de espaldas, caminando solitaria por una calle oscura, en la noche. Por causas que desconozco la asocié con mi esposa, imaginé que se marchaba de casa, me abandonaba irremisiblemente, ya sea porque se dirigía rumbo a la muerte a cumplir con un llamado perentorio o simplemente porque así era ella, algo la impulsaba siempre a buscar otras gentes con quien encontrar cobijo, en otros ámbitos, y una profunda tristeza me embargó de repente ante la imposibilidad de seguirla, porque yo quería seguir junto a ella por todo lo que me restaba de vida, pero ella no. Era tan solo una fotografía, era de noche, y me preocupaba por pensar en qué lugar dormiría y me vi tentado a correr en busca del chal de color de rosa que se había comprado con su propio dinero para que no pasara frío. Me sentí culpable de no haberle regalado nunca joyas para que llegado este momento tuviese algo que vender para ir tirando, como se dice, mientras conseguía algun empleo. Alguna vez le regalé unos aretes baratos que seguramente llevaba puestos. Se marchaba sin mirar atrás, ligeramente encorvada, con paso lento, como derrotada, con las manos vacías, encallecidas de tanto fregar en la cocina, sin esperanzas de nada. Y sin embargo el triste era yo, las lágrimas corrían por mi rostro, por no haber sido capaz de comprenderla. Después de tantos años de vivir juntos todo terminaba en una mujer de espaldas caminando hacía lo más oscuro de la calle. Así continué mirando la fotografía que tanto dolor me causaba, sabía que todo era producto de mi imaginación, que mi esposa real se encontraba durmiendo en la recamara, pero yo necesitaba llorar un poco quizás por otra causa, pero esa portada me facilitaba las cosas. La novela se llama Dos mujeres en Praga y es de Juan José Millás y no se por qué me inspiró esta historia.
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25 Mayo 2007

He vuelto a leer en estos días (mediados de junio de 1955) un libro de Stendhal, Henri Brulard. No lo había leído desde el ya lejano 1922; por lo visto, yo estaba todavía bajo la obsesión de lo 'bello explícito' y del 'interés subjetivo' y recuerdo que el libro no me gustó. Ahora no puedo criticar a los que lo consideran casi como la obra maestra de Stendhal; hay en él una continuada sucesión de sensaciones, una evidente sinceridad, un admirable esfuerzo para barrer las capas sucesivas de los recuerdos y llegar al fondo. ¡Y qué lucidez de estilo! ¿Y qué acopio de impresiones tanto más preciosas cuanto más comunes!
Quisiera intentar lo mismo. Me parece francamanete una obligación. Cuando uno ha llegado al declinar de la vida es imperativo intentar recoger lo más posible de las sensaciones que han atravesado este organismo nuestro. Pocos conseguirán hacer así una obra de arte (Rousseau, Stendhal, Proust), pero a todos debería ser posible preservar de tal modo algo que sin este pequeño esfuerzo se perdería para siempre. Llevar un diario o escribir, a cierta edad, nuestras memorias debería ser un deber 'impuesto por el estado'; a las tres o cuatro generaciones el material que se acumularía tendría un valor inestimable...
El extraordinario interés que despiertan las novelas de DeFoe, consiste en el hecho de que son casi unos diarios, geniales aunque apócrifos. Pensad en lo que serían los verdaderos. Imaginad lo que sería el diario de una alcahueta parisiense de la Régence o los recuerdos del criado de Byron durante la época veneciana.
Pero no puedo estar de acuerdo con Stendhal en la 'calidad' del recuerdo. El interpreta su infancia como un tiempo en que sufrió tiranía y violencia. Para mí la infancia es un paraíso perdido. Todos eran buenosa conmigo, fui el rey de la casa. Personas que más tarde me fueron hostiles, estaban entonces también aux petits soins. Recuerdos de Giuseppe Tomasi de Lampedusa.
Desde luego que no todas las infancias son iguales y por lo tanto los recuerdos son variables. Egon Schiele, que se ponía la ropa usada y los zapatos rotos de su tío, no puede pensar lo mismo que Toulouse Lautrec, a quien siempre le favoreció la ayuda de su madre para vestir bien y tomar trago en el Moulin Rouge. Tampoco me parece muy acertada la opinión de que si todos los viejos se pusierana escribir sus memorias los problemas del mundo quedarían resueltos, para empezar sería necesario crear un ministerio gigante donde los empleados se encargaran de revisar cada memoria que les fuera remitida y sacar conclusiones y emitir un dictámen y luego esos dictámenes a dónde irían a parar. Creo que el único párrafo de Lampedusa que merece cierta consideración es el primero, que se refiere exclusivamente a Stendhal. Lean el libro.
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18 Mayo 2007

Empezó el terremoto cuando estaban en el zócalo. Está temblando, decían en voz alta las gentes que pasaban junto a ellos, avisándoles, por si no lo habían advertido. Algunos se hincaron y se pusieron a rezar, estorbando el paso. Los tres se quedaron paralizados por el miedo: la mamá, Javier y su amigo Jaime. El papá estaba en la librería, en un edificio antiguo que vieron derrumbarse. ¡Vamos! dijo Javier. Ya no, mira como se cae el puto edificio, dijo el amigo. La mamá sólo miraba espantada. Corrieron hacía un gran expendio de revistas ilustradas, la madre los seguía, se dejaba llevar desconcertada. Era un lugar seguro y había mucha gente hojeando las revistas, ellos hicieron lo mismo, el temblor se había terminado, parecía que no había pasado nada, todo fue muy rápido. Mi papá, dijo de pronto Javier, como el padre que ha dejado olvidado al bebé en la estación del metro en una hora pico. Cierto, Jaime aventó lejos la revista y salieron corriendo los dos rumbo al edificio en ruinas. Un polvo gris, de cal vieja y humedad, se coló por los recovecos de sus narices y sus gargantas. De esas nubes de polvo salió ensangrentado el padre, con un paquete de libros en las manos, furioso porque sus libros se habían dañado. Su jefe que lo había acompañado, salió tras él, en vano intento ayudarlo, el gesto le pareció un insulto. Ya se dirigían rumbo al zócalo donde habían dejado estacionado el auto cuando estalló un tanque de gas. El padre se desmayó. En la casa no hubo desgracias que lamentar mas que la muerte del perro, los canarios y el loro, que desparecieron sepultados bajo el cobertizo del patio que se vino abajo. Jaime lloraba sangre, comentó Javier, como si estuviera soñando, haciendo referencia al momento en que buscaban al padre entre las ruinas, alegrandose de que no le hubiese pasado nada grave. El padre abría uno de los libros nuevos y su cara se llenaba de luz, una luz tenue y blanquecina como la de las peceras. Está interesante, decía acostado en la cama, ya recuperado del susto. Le ofrecían de comer y no quería. Por no interrumpir la lectura dejó de comer. Leía y lloraba y pedía que lo dejaran solo. ¡Chingados!, gritaba y luego con voz más tenue, no me cuiden, váyanse por favor. Jaime se fue a su casa y Javier se encerró en su recamara, desesperado. Todas las cosas de la habitación se le venían encima: la cama, el monitor de la computadora, las estrellas de plástico colgadas del techo que brillaban en la oscuridad. Se aventó sobre la cama y un hoyo se abrió, tragándoselo. En la caída salían de las paredes unas manos que intentaban atraparlo para destruírlo o quizás para rescatarlo, pero ninguna lo logró. Cuando el suelo detuvo su caída, le pareció extraño que estuviese ileso, pero se sentía agrietado y estaba solo. Corría un viento frío que traía desde lejos murmullos, voces como de gente rezando. En ese lugar había un árbol con las ramas llenas de fotografías. Cada foto que caía, se le pegaba en las manos y en ellas aparecían sus padres cuando eran jóvenes, su hermano desparecido, y luego el mismo viento se las arrebataba. Pronto se quedó dormido o eso pensó.
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16 Mayo 2007


...uno comienza a escribir por imitación, igual que se principia a beber o a fumar y hasta a intentar leer antes de saber leer, tal como he visto que ocurre con mis hijos. Y creo que en este proceso tiene mucha importancia, como es natural, el hábito de la lectura. Si tuviera que echarle la culpa a alguien por mi vocación, no la pndría sobre ningún trauma secreto, como supone la psicología en boga, ni en ningún acontecimiento particular, ni siquiera aquellos que se presentan con mayor fuerza y tal vez podrían tener un significado especial al recordar mi niñez y mi dolescencia. Al contrario, haría responsables de ella a los libros. Son ellos, en todo caso, los que canalizaron los posibles traumas o, más simple y verazmente, se convirtieron en el hecho definitivo que hizo posible su encuentro.
Siempre he sido un lector tan voraz y atento como desordenado; pero quizá también en las lecturas existe un orden secreto que, bajo la apariencia exterior del desorden, nos va conduciendo a las metas que oscuramente buscamos. Todavía hoy creo que uno encuentra los libros en el momento que los necesita por el camino de una casualidad que en el fondo está determinada por las exigencias de una búsqueda que puede no ser consciente, pero existe, y cuyo verdadero sentido es el de la necesidad interior. Autobiografía precoz.
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7 Mayo 2007

Estoy sentado en mi celda, miro hacia la pared y veo el desierto. El de Chihuahua, por ejemplo. Veo esta inmensidad desierta, llena de intensos colores; colores florecientes donde no florece otra cosa. Colores del medio día abrasador, colores del ocaso, colores de la noche inefable. Me gusta el desierto. Ni un pájaro, ni agua que corra, ni un insecto, sólo el silencio a mi alrededor, sólo arena y más arena, que no es lisa sino peinada y rizada por el viento, una arena que brilla bajo el sol como oro mate o como polvo de huesos; hoyos llenos de sombras azuladas como esta tinta; sí, efectivamente, como llenos de tinta; y jamás una nube o un poco de niebla, jamás el ruido de un animal que huye, sólo de vez en cuando los solitarios cactus, enhiestos como tubos de órgano o candelabros de siete brazos, pero altos como casas, plantas, pero rígidas e inmóviles como edificios, no precisamente verdes, sino más bien pardas como el ámbar mientras brilla el sol y negras como siluetas sobre la noche azul... Fragmento de la novela No soy Stiller. Trad. de Margarita Fontseré
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6 Mayo 2007

Eso es la libertad. Tener una pasión, amontonar monedas de oro, y repentinamente dominar la pasión y arrojar el tesoro a todos los vientos. Librarse de una pasión para someterse a otra, más noble. Pero, ¿no es ésta, también una forma de esclavitud? ¿Brindarse en aras de una idea, de la raza, de Dios? ¿O es que cuanto más alto se halle el amo más se alarga la cuerda de nuestra esclavitud? Podremos así holgarnos y retozar en unas arenas más amplias y morir sin haber hallado el extremo de la cuerda. ¿Acaso sería eso lo que llamamos libertad?
Zorba el griego, pag. 30, traducción de Roberto Guibourg, Ediciones Carlos Lohlé, Argentina, 1977.
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