Herman Melville tuvo la delicadeza de mencionar fugazmente al señor Juan Jacobo Astor, al principio de su relato corto que lleva por título "Bartleby, the scrivener". Escuetamente describe al señor Juan Jacobo Astor como un hombre "poco dado a entusiasmos poéticos", porque el millonario John Jacob Astor jamás aprendió buenas maneras. Comía con el cuchillo en lugar de hacerlo con el tenedor, y sorbía la sopa en forma estruendosa. Pero los invitados ricos y de la realeza que asistían a sus comidas jamás dijeron nada de su mal comportamiento...Unos dicen que murió en el hundimiento del Titanic y otros…, bueno, pero dejemoslo para mas tarde. Parafraseando a Melville me atrevo a confesar que no encontré material suficiente para una biografía del señor Astor, pero llamaron poderosamente mi atención dos hechos curiosos: su papel de potenciador literario y las extrañas circunstancias de su otra muerte, no la del Titanic, que dejaré para el final de esta nota. Fue jefe del bondadoso notario de Wall Street Mr. F. Mabercom que tuvo entre sus copistas o escribientes al taciturno Bartleby, personaje por demás excentrico que siempre respondía con un "preferiría no hacerlo" a cualquier órden expresada en los términos más amables por su jefe, ya fuese cotejar alguna de sus propias copias o llevar algun mensaje inclusive dentro de la oficina, provocando con su extraña actitud la irritación de sus compañeros de trabajo. Definitivamente estaba trastornado de sus facultades mentales, a tal grado que el notario tuvo que cambiar sus oficinas a otro domicilio y dejar a Bartleby aferrado a su rincón sin trabajar, sin aceptar dinero alguno ni el despido, mirando casi sin parpadear hacia una pelada pared, sin mover un dedo, hasta que fue necesario que la policía se lo llevara preso, para finalmente morir de inanición en la cárcel. Juan Jacobo Astor, benefactor de algunos escritores de aquella época, visitó a Herman Melville en su granja de Arrowhead en algun lugar de Massachusetts y le habrá mencionado los pormenores de la anécdota de Bartleby, salpicando la charla con generosas libaciones de ginebra entre espesas nubes de abundantes cigarros, placeres a los cuales era muy afecto Melville, dando como resultado el magistral relato "Bartleby, the scrivener", traducido al español por Jorge Luis Borges. Los pocos datos que pude encontrar del señor Juan Jacobo Astor no tienen importancia, salvo que donó los fondos necesarios para construir la primera gran biblioteca pública de Nueva York y que tuvo un extraño final, puesto que murió ahogado pero no en el Atlántico cuando se hundió el Titanic, como se quiso hacer creer. El fatum de los griegos decretó que debía morir asfixiado por su hijo, un fortachón afectado de sus facultades mentales, quien en un arrebato de júbilo, con sus manazas hundió el rostro de su padre en la mantecosa pasta dulce del enorme pastel con que la familia había decidido celebrar su sexagésimo cumpleaños, hundiendo al mismo tiempo a toda la concurrencia en la más profunda consternación.