Escribir consiste, a fin de cuentas, en una serie de licencias que uno se da así mísmo para ser expresivo en ciertas formas. Para inventar. Para saltar. Para volar. Para caer. Para encontrar tu propia, característica manera de narrar y de insistir; o sea, para encontrar tu propia, íntima libertad. Para exigirte, sin desollarte demasiado. Sin detenerte a releer con demasiada frecuencia. Permitirte, si te atreves a pensar que fluye bien ( o no del todo mal ), sencillamente continuar remando. Sin esperar el impulso de la inspiración.

La inspiración no queda del todo descartada por Susan Sontag, según se lee más adelante.

Habitualmente, la lectura antecede a la escritura. Y el impulso de escribir es casi siempre estimulado por la lectura. La lectura, el amor por la lectura es lo que te hace soñar con convertirte en escritor. Y mucho después de convertirte en escritor, leer los libros que otros escriben --y releer los queridos libros del pasado-- constituye una distracción de la escritura irresistible. Distracción. Consuelo. Tormento y, claro, inspiración. ¿Por qué no escribir para escapar de ti mismo, tanto como podrías escribir para expresarte a ti mismo? Es mucho más interesante escribir acerca de otros.